____ ____ ____ ____ ____ Oliver Laufer: El Bombardero de Dulces

Monday, October 17, 2005

El Bombardero de Dulces

De los momentos más trágicos de la historia siempre podemos extraer leyendas asombrosas. En principio sólo fueron invenciones, medianamente justificadas, para subir la moral de quienes vivían su día a día en las penumbras de una guerra o de un régimen antiliberal. Pero muchas han sido ciertas y he descubierto una historia hermosísima, muy real y metafórica que no puedo dejar de pasar por alto.

Finalizada la segunda guerra mundial, como bien sabemos todos, Alemania quedó dividida en cuatro partes, y Berlín en otras cuatro. Finalmente esas cuatro partes terminaron convirtiéndose en dos: la de quienes añoraban la libertad y la de quienes vivían en libertad. La zona que rodeaba Berlín era de dominio soviético, y el régimen de Stalin decidió llevar a cabo un bloqueo total del Berlín libre para que, sumido en la miseria, se viera obligado a entregarse en las manos del comunismo.
Corría el año 1948 y Berlín era un escenario lunar: no quedaba ningún edificio en pie, todo era escombros. La pobreza en Alemania, sobre todo en Berlín, era extrema. La táctica comunista consistió en bloquear por vía terrestre toda conexión exterior con Berlín occidental. La gente empezaría a morir de hambre y se verían obligados a entregar su libertad. El hambre como arma política siempre ha sido uno de los mayores instrumentos de los regímenes totalitarios, cuando no una de sus consecuencias. En Corea del Norte se sigue llevando a cabo el hambre como arma política, el régimen nazi no dudó en utilizarla durante el Holocausto y ""la URSS "" la llevó a su máxima expresión: en Ucrania, tan sólo ahí, millones murieron de hambre durante los años 1932 y 1933.
La gente en Berlín comenzó a comerse las hojas de los pocos árboles que se mantenían en pie, roedores y alguna que otra cosa más. Lo que se podía.
De inmediato, Estados Unidos, junto con las otras potencias vencedoras, lleva a cabo una operación de abastecimiento a Berlín. Se destinaron doscientos C-47 y otros muchos C-54, que se habían utilizado en la guerra, y cada día todos volaban con víveres desde la Alemania libre al atrapado Berlín occidental. Cientos de aeroplanos, cuatro vuelos al día, el riesgo de ser derribados por los cazas soviéticos. Pero los berlineses no morirían de hambre.
Asimismo, a pesar de todos los esfuerzos de los aliados, el abastecimiento era insuficiente para toda la población de Berlín, que en aquel entonces, y a pesar de la guerra, alcanzaba los dos millones y medio de habitantes.
Es en ese momento cuando empieza la historia. Un joven oficial al mando de un C-54, el Lt. Gail Halvorsen, aterriza en uno de los aeródromos de Berlín. Observó al instante como una docena de niños miraban asombrados a los aviones y decidió acercarse a ellos. Sumido en un gesto de simpatía sacó un par de chicles que tenía en el bolsillo y los tiró hacia los niños, que se abalanzaron desesperados ante el utópico dulce. Pero Halvorsen quedó impactado al ver que los dos afortunados decidieron dividir los pequeños chicles en doce pedazos iguales, pero no se los comieron, sino que sólo con olerlo era más que suficiente. Así, como él bien decía, con “sus pequeñas manecitas” se guardaron el dulce en el bolsillo, sintiéndose aquel día los niños más afortunados del mundo.
Al llegar a su zona de abastecimiento en la Alemania libre, Halvorsen decide comprar todos los dulces posibles con sus ahorros y construye como puede dos paracaídas miniatura. Al día siguiente poco antes de tocar tierra en Berlín deja caer los paracaídas hacia el grupo de niños. Repite esto todos los días, pero el número de niños de pie frente la cabecera de la pista berlinesa es cada vez mayor.
Es ahí cuando decide crear el “Escuadrón de los Pequeños Víveres”. Un cada vez mayor grupo de voluntarios militares comenzaron a comprar todos los caramelos, chicles y dulces que hubiera y construyeron con sus propias manos cientos de paracaídas.
A Halvorsen se le unieron muchos otros pilotos, y todos los días cientos de caramelos caían desde el cielo de Berlín. Con sólo ladear el ala a la derecha, ya los niños sabían que se acercaban sus provisiones: “¡Ahí viene Uncle Wiggly Wings! ¡Se acercan los dulces!” oleadas de pequeños corrían hacia la zona de descarga. Cerca del aeropuerto había un cementerio de guerra pero a ellos no les importaba saltar sobre las temibles tumbas, que daban una tétrica decoración al lugar, con tal de recibir su provisión de dulces diaria.
The American Confectioners Association, desde EE.UU., comenzó a colaborar con Halvorsen enviando toneladas de dulces hacia Alemania. Convirtieron a una vieja estación de bomberos de Chicopee en una sede del Escuadrón de los Pequeños Víveres. Construyeron ahí miles y miles de paracaídas y fabricaron miles de dulces que fueron enviados a Halvorsen. Sus compañeros comenzaron a donar su ración alimenticia para ayudar a los niños de Berlín. La operación crecía cada vez más y se estaba convirtiendo en todo un éxito.
Cada día dejaban caer miles de paracaídas, incluso en el Berlín comunista, donde las autoridades soviéticas amenazaron con derribar si continuaban con el abastecimiento y con matar a los niños que cogieran los dulces del suelo.
En enero de 1949 Halvorsen ya había soltado más de doscientos cincuenta mil paracaídas con caramelos y dulces, y más de cien mil niños se habían beneficiado de la operación. La moral crecía cada vez más, la gente, a pesar de todo, se había vuelto más feliz. Incluso se llegaron a ver sonrisas -y lágrimas, pero de felicidad.
Las autoridades comunistas aceptaron que el bloqueo había sido un fracaso y decidieron reabrir las fronteras terrestres hacia el mundo libre. Un muro crecería pero los anhelos de libertad le superarían de inmediato.
Halvorsen recibió el Premio Cheney de 1948 por “llevar a cabo un acto de gran valor, entrega y mucho sacrificio en un interés humanitario.” Obviamente los rusos hablaron: los niños eran culpables de un terrible acto de vandalismo por destruir el cementerio sobre el que caían los paracaídas repletos de dulces.
El viejo Gail Halvorsen escribió un libro sobre el bombardeo de dulces en Berlín y hoy vive en Utah, EE.UU. La pesadilla de muchos de esos niños no finalizó hasta 1989. Otros tantos no lograron ver como se desmoronaba ese Telón de Hambre que trajo consigo la Unión Soviética. Hoy muchos añoran el socialismo, y si logran sus objetivos en el futuro no añorarán sino a un Bombardero de Dulces para subsistir entre la miseria y el hambre: el mayor legado de la filosofía de los cien millones de muertos.

9 Comments:

Anonymous Adam Selene said...

Una historia preciosa. Gracias por compartirla

4:50 PM  
Blogger Daniel Rodri­guez said...

No puedo decir más de lo que ha dicho Adam.

5:08 PM  
Blogger Lofuss said...

Una historia con final felíz es siempre de agradecer en los tiempos que corren.

8:03 PM  
Blogger Freelance said...

:'o)

Gracias.

8:56 PM  
Blogger Oliver said...

Gracias a ustedes. Y el error, que no es aceptable, ya está cuasi-corregido. Creo que me estoy volviendo disléxico o algo.
URSS no URRS

9:02 PM  
Blogger Patricia Avila said...

Que lindo ese post, esa es mi historia favorita de la Segunda Guerra Mundial :o)

Paty.

6:45 AM  
Anonymous Michelle... said...

Que bella historia. Me has dejado sin palabras.

1:37 PM  
Anonymous Christian Perli M said...

Una historia digna de recordar.

Ojalá los aviones de Bush pudiesen lanzar caramelos.

9:00 PM  
Anonymous Anonymous said...

HOY PUEDEN VER EN LA PELICULA "CONOZCA A LOS MORMONES", LA HISTORIA DEL TENIENTE HALVORSEN, NARRADA POR EL MISMO. YA DEBE ESTAR EN SU CIUDAD

9:18 PM  

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